¿Qué se esconde detrás de un enchufe? ¿Qué ha tenido que suceder para que con un simple clic se haga el milagro de la luz, funcione nuestra nevera, nuestra tele, la calefacción… y todo aquello que hace nuestra vida confortable? La energía es imprescindible pero, ¿concedemos el valor que se merece al hecho de que esté siempre disponible?

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Han hecho falta millones de años para que la naturaleza haya convertido los restos de materia orgánica en combustibles fósiles como el carbón, el petróleo o el gas. Para extraerlos, transportarlos y ponerlos a disposición de los consumidores han sido necesarias inversiones gigantescas. Pero su tiempo está llamado a extinguirse, por el propio agotamiento de esos recursos y por el impacto ambiental que generan en el planeta: contaminación atmosférica en las ciudades, lluvia ácida, mareas negras… y, sobre todo, cambio climático.

La era de los combustibles fósiles ha durado más de dos siglos y ahora llega a su fin. Es el tiempo de las renovables, que año tras año baten su récord de potencia instalada: según datos del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP, por sus siglas en inglés), en 2016 se instalaron 138 GW renovables en todo el mundo (excluida la gran hidráulica), un 9% más que en 2015. Y muy por encima de cualquier otra tecnología.

Pero más allá de la tecnología empleada en su generación, la luz no sale del enchufe de la pared. Es necesaria una compleja red de transporte y distribución que obre ese milagro de darle al interruptor y ver que se enciende la lámpara.  Lo de “milagro” puede parecer exagerado. Pero la cara de asombro de la gente que describen las ONG de desarrollo cuando llevan la electricidad a poblados aislados que no habían visto nunca una bombilla encendida es más que elocuente.

Hasta ahora los sistemas eléctricos en países industrializados estaban basados en grandes instalaciones de generación más o menos alejadas de los núcleos habitados: térmicas de carbón, centrales hidroeléctricas, nucleares, ciclos combinados de gas, parques eólicos, plantas fotovoltaicas… La energía producida pasa luego por una subestación eléctrica que eleva sutensión e intensidad antes de ser transportada por las líneas de alta tensión –forman ya parte del paisaje– hacia las áreas de consumo. Otra subestación baja de nuevo esa tensión e inyecta la electricidad en las llamadas redes de distribución, que hacen llegar la energía hasta las industrias, los centros comerciales y los hogares. En los núcleos urbanos esas redes de distribución son generalmente subterráneas.

Curva de demanda

Uno de los mayores retos tecnológicos que implica la operación del sistema eléctrico procede del hecho de que la electricidad no se puede almacenar en grandes cantidades. Solo las centrales hidráulicas de bombeo ofrecen la posibilidad de hacerlo.

Así que en todo momento hay que producir aquella energía que se va a consumir, ni más ni más. Aunque es verdad que existe un cierto margen de maniobra –por ejemplo con la importación y exportación a otros países– lo cierto es que el operador del sistema, Red Eléctrica de España (REE), debe saber en todo momento cuánta energía se va a consumir en un momento determinado y qué centrales de generación estarán preparadas para producirla.

La curva de demanda de electricidad de REE, que se puede consultar online, muestra cómo a primera hora de la mañana de un día cualquiera el consumo inicia un ascenso fulgurante. Es el momento en que suena el despertador en millones de hogares, la gente se levanta, enciende las luces, pone la cafetera y el microondas. A esa hora empiezan a activarse también las empresas, la industria, los centros comerciales. Y todos demandan más y más electricidad para funcionar.

Generación distribuida y redes inteligentes

El desarrollo de las energías renovables ha trastocado ese concepto centralizado de grandes plantas de producción alejadas de los grandes centros de consumo que exigen de grandes redes de transporte. La eólica (minieólica y eólica de media potencia) y, sobre todo, la energía solar fotovoltaica por su carácter modular pueden ser instaladas allí donde la energía va a ser consumida.

Este nuevo concepto se conoce con el nombre de generación distribuida. Y se une al de las redes inteligentes. Las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), de las que hemos hablado en otras ocasiones, permiten ya tal precisión en los sistemas de lectura y medida que, por ejemplo, pueden ajustar al detalle los mayores consumos para que coincidan con los momentos de máxima producción de una instalación fotovoltaica de autoconsumo. Es una manera perfecta para que el productor–consumidor se involucre en la gestión de su energía. Y es sin duda una forma de mejorar la eficiencia porque se toma conciencia de lo que implica.

A todo ello hay que añadir la paulatina penetración del coche eléctrico y el desarrollo que están experimentando los sistemas de almacenamiento domésticos, con la llegada de baterías que a pesar de su reducido volumen tienen cada día mayor capacidad de carga y precios más competitivos.

Los cambios serán paulatinos. Pero nadie duda de que, en unos años, la configuración de las redes y de todo el sistema eléctrico será diferente del que conocemos hoy.

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