Estamos en plena ola de calor en muchas provincias de España. Basta salir a la calle en las horas centrales del día y ponerse el sol para sentirlo. De ahí que todos tratemos de buscar la sombra y, mejor aún, lugares climatizados que atemperen esa sensación de bochorno. Que en muchos casos no desaparece ni siquiera durante la noche, en esos episodios que hemos dado en llamar “noches tropicales”, cuando las temperaturas no bajan de los 20 grados.

La ocasión es perfecta para hablar de la sensación térmica que percibimos las personas en un espacio cerrado, y que depende de múltiples factores. El primero, sin duda, de lo friolero o caluroso que sea cada uno. Pero también cuenta la actividad que llevemos a cabo, la ropa que llevemos puesta, los alimentos que hayamos ingerido o el número de personas que compartan con nosotros ese espacio. De hecho, a pesar de ciertos aspectos subjetivos, hay métodos estandarizados y normalizados que permiten establecer la cuantía de la generación de calor de nuestros cuerpos para distintas actividades.

La energía que desprendemos se expresa con la unidad de medida “met”, que corresponde al metabolismo (de ahí el nombre) de una persona sana, sentada y sin trabajar. En estas condiciones una persona emite 58,2 vatios por metro cuadrado (W/m2). Si alguien está durmiendo o tumbado emite menos. Y si está haciendo deporte en un gimnasio emite más.

De hecho, se ha configurado una tabla con las unidades “met” de cada actividad y trabajo que resulta extraordinariamente práctica porque permite diseñar las instalaciones de climatización adecuando la potencia requerida a las actividades que se van a desarrollar. No es lo mismo refrigerar un cine, donde la potencia necesaria a instalar será de 100 W por espectador, que un gimnasio, donde se necesitarán 525 W de potencia por usuario.

También hay una unidad de medida para el nivel de aislamiento térmico de la vestimenta. Se denomina “clo”. Un “clo” igual a cero corresponde a un hombre desnudo y a partir de ahí, midiendo la resistencia térmica de las prendas en laboratorio, se determina el “clo” de los distintos tipos de vestimenta.

Con la metodología “met” y “clo” se puede analizar cuál sería la temperatura óptima en una oficina en verano, tal y como explica este artículo. Y también en invierno. A lo que habría que añadir la humedad relativa y la actividad que desarrollemos en esos espacios. Teniendo en cuenta todas esas variables es posible fijar unos parámetros básicos de bienestar térmico. Que, no obstante, nunca serán del gusto de todos.

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